sábado, 30 de abril de 2011

El Abre Cartas

Abre la letra de la sangre esto: el abre cartas. Me lo he guardado. El abre cartas de Hidalgo, digo.

Hidalgo es como un indígena desvaído. Tiene una sonrisa muy blanca, abierta, de niño triste. Posee una desesperanza tranquila que lo tiñe todo. Es como uno de esos niños que ha leído demasiados cuentos de verdad, de los que tienen sangre y ogros que ganan la partida. Tiene unos brazos que son un puro nudo de nervio y las manos blancas y largas.


Franco, el guardés, le mira preocupado cada vez que viene, pero disimula.

Hidalgo me ha dado el abrecartas, todavía sangrando. Lo guardo celosamente. Algo me dice que es necesario que lo conserve así. Le he dicho que se guarde las noticias que se han manchado más.

Al principio Silvia, la chica que hace las cosas de casa, nos ha tratado con cierta frialdad. Casi desconfianza. Pero con Adelita esas actitudes no pueden durar mucho. O sale a tortas o se la quiere. No hay término medio. Como finalmente ha visto que no somos competencia a la vista (somos demasiado hacendosos, a Adela le gusta cocinar y yo he estado limpiando) se ha abierto. Trata a Hidalgo como si fuera sagrado o algo así. Parece supersticiosa. He observado que cada vez que viene, debajo de la alfombrilla de la puerta, pone unas gotitas de un líquido que guarda en una pequeña ampolla. Como no me da mala espina, pues la dejo.

Alguien tiene visitantes en su ordenador...

El abre cartas terminará siendo muy importante.

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