jueves, 27 de octubre de 2011

Después de matar.


Me siento un poco mejor, después de matar.

Por fin, gracias al león, nos hemos podido quitar el óxido de las articulaciones y, lo que es mejor, de la mente.

Ahora los restos de Brau ya no me hieren y atosigan. Su espectro se ha deslabazado, ha dejado de atormentarme con su cháchara dolorosa.

Dejé mi narración tras reencontrarnos con los hijos del caos. Veo que Andy ha contado gran parte de lo que pasó después. Sólo diré que el chamán de los hijos, uno de sus más poderosos despertados, logró estabilizar a Espiga de Arroz, haciendo útil el sacrificio de Brau.

¿Dónde ha ido? No lo se. Solo sé que llevo días luchando con lo que ha dejado atrás: un fantasma sin seso que repetía sus últimos pensamientos de la manera más dolorosa posible para mi. No se si sigue habitando la espada, no se si ha muerto, no se dónde está.

El chamán del que hablo se llama Edouard. Francés, como su nombre indica. Sospecho que, sobre todo en los últimos días, se mantenía en contacto con Brau, y planeó la ¿doma? de la espada. Aunque el sacrificio de Hidalgo fué, finalmente, imposible de evitar.

Cómo le ha dado por los pitufos a Edouard, y porqué se viste de blanco y se tatúa de azul, no lo se. Pero esa obsesión particular de los hijos viene de él. De algunos. Muchos se cansaron de chorradas y se han venido con nosotros. Joao y los demás nos apoyan, pero no se van a dejar ver.

Edouard estaba fascinado conmigo. Recuerdo la batalla en la que, por fin, eclosioné. No diré más, no me gusta comentar ciertas cosas, ciertas palabras, ciertos momentos.

Ahora estamos frente a un montón de rocas. Hay mucho trabajo por delante.

jueves, 20 de octubre de 2011

Rosario




Hoy sentimos aquel golpe inexplicable. Sentimos con él que la marea del mundo cambiaba, y que todos los acontecimientos se iban a precipitar.

Buscábamos de nuevo a los Hijos del Caos. Comenzábamos a padecer el frío, la lluvia. Los de la mano pueden soportarlo, gracias a sus técnicas de respiración, que les permite controlar la temperatura del cuerpo. Pero consumen más energías de lo habitual, y no es raro que tengan que comer seis veces a lo largo del día. Por eso nos paramos en un pueblo y nos pusimos a buscar algo de abrigo.

Ellos habían pasado por aquí, no había carteles sanos, ni señales en todo el pueblo.

En un cementerio, por el olor, encontramos una pila de cadáveres muy viejos ya. Estaban desnudos, y los animales no los habían tocado. Un enigma. Pero cerca, embutida en un mausoleo muy cuco, estaba toda la ropa de aquella gente. Cada tumba tenía una estatua de estilo romántico, vieja y gastada.

Nos estábamos probando prendas cuando llegó el golpe. Algo así como un alarido mental, un estremecimiento muy profundo. Me puse a pensar en Pilar. Y en Rosario... Rosario.

Rodrigo estaba de pie sobre una lápida bastante grande, vigilando los alrededores. Sintió el golpe, como nosotros, pero además añadió:

-Escuchad, me está hablando Brau... Pilar ha muerto. ¿Rosario? Si. Dice que esto ha sido cosa de Rosario.

-Ahora es el momento- dijo una voz. Las estatuas que nos rodeaban, las estatuas ya no estaban. Se habían desvanecido. -No os mováis -continuó la voz.

Era un tipo barbudo que había estado todo el rato a dos metros de mi, envuelto en la ilusión que alguien había conjurado. Un tipo grande, barbudo, canoso, muy fuerte y arrugado. Llevaba algo parecido a un gorro andino, de color blanco, y por la cara tenía tatuados multitud de arabescos azules. Tenía los ojos también azules. De su cuello, resaltando sobre la chaqueta, tenía colgado un circuito pintado de rojo. -Estáis en peligro-. Noté que no quitaba ojo a algo a mi espalda, pero no quería arriesgarme a dar la vuelta.

-Mira, mujer, el peligro no soy yo, sino Rodrigo.

Me fié de él, y miré. Rodrigo luchaba, con la mano en la empuñadura de Espiga de Arroz. Una lucha interior.

-¡Brau!- Grité. -¡¡Brau!!

-Ssssh... sssssoy libreeeee-, susurró Rodrigo, con otra voz. Entonces todo comenzó a pasar muy deprisa.

No puedo seguir escribiendo. Dice Aaarn, el anciano jefe de los Hijos del Caos, con los que volvemos a estar, que el mundo del espíritu ha cambiado. Rosario está haciendo algo en él, desesperada por vengarse de la muerte de Pilar.

Brau, Brau.

Estoy tan cansada. Mañana seguiré escribiendo, u otro día. O nunca. Adiós, hasta entonces.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Otra vez, sangre.

Hoy he recibido la visita de Brau. Hacía ya varios días que no venía a mi.

Vamos hacia el Norte. Seguimos una senda errática, en zig zag. Retrocedemos. Nos paramos en algún lugar. Pero, definitivamente, vamos hacia el Norte, intentando no encontrarnos con ellos, con los hijos.

Los hijos del caos nos rodeaban por todas partes. Sus cantos, que parecía que vibraban en los huesos, los cantos que utilizaban durante las celebraciones del culto hacían un efecto extraño en las tierras por las que íbamos pasando.

Los hemos abandonado, inseguros una vez nos hemos dado cuenta de sus planos, puede que sea útil que describa sus costumbres, pues tememos que terminen siendo nuestros adversarios.

Un día, estando con ellos aún, volvimos sobre nuestros pasos, a una ciudad dormitorio, afueras de París. No se el nombre. Como, cuando la visitamos por primera vez, iba en el centro de la marcha, todos los indicadores (tiendas, letreros) ya habían caído en manos de los hijos en vanguardia, o estaban tachados, o quemados y no pude saber el nombre.

Cuando volvimos a ver la ciudad, las hierbas habían crecido en las grietas del asfalto. Todo parecía más viejo, más gastado. Había más cristales rotos y pudimos cazar ciervos para comer. La naturaleza había apresurado su paso.

Yo estaba esperando la visita de Brau, que no llegaba. Necesitaba verle, estar junto a él. Me empezaba a parecer que había muerto de veras. Me volví algo peligrosa. Los hijos del caos lo percibieron instintivamente y se alejaron. Pude controlarme en lo que respecta a mis demás compañeros.

Pues bien, hoy recibí la visita de Brau, por fin, cuando descansábamos. Estaba muy delgado.

"Sangre, necesita sangre, jaaaajajajaja" se reía como él hace, con un gesto amargo en la boca.

"Escucha, Adela" su gesto se deshizo en una mueca, como el del que intenta llorar y no puede.

"Quiere sangre, y no puedo, no puedo obligarla a que de su oráculo, creo que no es porque no quiera, es que sin sangre no puede hacerlo."

"Pues dale la mía" le dije.

"No. Si le diera sangre se volvería demasiado poderosa para mi, nos destruiría a todos. Los primeros días, cuando todavía estaba fuerte, podríamos haberlo hecho. Pero estoy débil, no podría controlarla. Durante esos días me pudo la soberbia, y ahora es tarde"

Tenía un gesto de sencilla desesperación. Me abrazó, se acurrucó entre mis pechos y estuvo sollozando un rato. Levanté la mirada y vi... vi que Rodrigo se movía en sueños, que tanteaba con la mano. Abría los ojos, fosforescentes. Brau percibió mi tensión y le miró. En un instante se volvió translúcido y se arrojó hacia la espada, antes de que Rodrigo la alcanzara. Lo último que alcancé a ver de Brau, fue una mirada de desesperación al sumergirse en ella.

Luego Rodrigo se durmió.

Yo me quedé despierta. Y así sigo, torturándome con mil preguntas.

¿Es cierto lo que cuenta Blanca, que el líder del ejército del dragón es el Rey y que está esclavizando humanos? ¿Por qué Rebeca no se comunica desde que Rolando ha vuelto del infierno? ¿Qué debemos hacer a continuación?
Se ha producido un error en este gadget.