viernes, 25 de noviembre de 2011

En camino.

 
Nos hemos puesto en camino.

La verdad, escribo esto porque leí los blogs por encima del hombro de Edouard, un buen día, y pensé que quedaría mal que no me despidiera.

Escribí en este Blog porque me lo pidió Braulio. No es mi costumbre contar por ahí lo que hago, pero entendí que era un asunto de comunicación entre nosotros y que había que seguir. Ahora solo aspiro a sobrevivir, y a conseguir que Edouard se quite la barba, que le hace demasiado viejo. Y a que me dejen tranquila.

Bueno, quizá tenga que poner algo más. Me dice Edouard que muchos zombies se han quedado en pie, libres para vagar. Son aquellos que levantó Pabrich. Edouard está... parece contento, pero pienso que me ha dejado caer esto por algo. Se le ha metido en la cabeza hacer el camino de Santiago, así que, junto con algunos de los Hijos del Caos, estamos en ello. Ahora estamos juntos. Y... ¿sabéis? Voy a ser madre. 

Adiós, compañeros de aventura.

O, mejor dicho, ¡hasta la vista!

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Tierra.

La historia de la tierra, que es el grano más diminuto de todos los granos en el más diminuto rincón del universo, es rica en catástrofes.

Pero a mi escala, mientras me duró el trance, sencillamente significaba que, de tanto en tanto, la diosa cambia de postura en su largo sueño. Cambia cuando algo, algo como la picadura de un mosquito, le perturba.

Entonces se estremecen los continentes, los mares se encrespan, el cielo se cubre de cenizas... toda la vida en su superficie se reorganiza, caen las civilizaciones... acaba un ciclo y otro comienza. Otro ciclo más del largo sueño de la tierra.

Ese poder, fuera completamente de mi voluntad, fue el que me fue dado esgrimir.

REBECAAAA, REBECAAAA, NO MATES A ROLANDO…. LA PROFECÍA ES FALSAAAA, NO DISPARESSSS

Yo me había ido arrastrando como un gusano. Todos se habían olvidado de mi. No dejé que la inmensidad me atemorizara. ¿Frotaleza? Yo era un apéndice tan solo. Un órgano excretado para un fin por un ser imposible de concebir para vosotros que leéis. Apenas, yo tuve un leve vislumbre (Brau, mi Brau me ayudó en el último momento)

Esas palabras fueron el disparador de la hecatombe: las columnas se estremecieron, el aire se volvió sólido de veras, dando de lado, de un plumazo, a todo el poder concentrado por la sangre de los vestidos de blanco, y del rey. Se hicieron evidentes ejércitos de espíritus en el aire, antes invisibles. El patrón se volvió una acuerela imposible de desentrañar.

Durante un instante fui la tierra, sentí el picotazo de un insecto miserable, y aplasté, distraída al culpable de la molestia.

La fortaleza colapsaba, como en las mejores películas. El rey, ya no más una molestia para la madre, seguía vivo. Los dragones lo habían protegido de lo peor, muriendo.

Tengo recuerdos muy vagos de todos estos sucesos, ya que los vi con sus ojos, los de ella, y ahora que soy completamente humana no alcanzo a descifrar la información: he debido quemar muchos circuitos en el esfuerzo de abarcar lo inabarcable.

Tras el desenlace, que otros contarán, Loa intentó dañar a Rebeca y a Blanca. Recuerdo que comprendí que mi intervención supondría para él una desobediencia fatal, pues supuso su ¿muerte?... Ja. Se transformó en polvo, literalmente. La forma gaseosa de su alma quedó al descubierto, durante un instante, asombrada. Las horribles cicatrices que sus prácticas impías habían dejado en ella daban verdadera pena. Pero fue un instante apenas, porque sopló un viento poderoso que se la llevó como al humo hacia el cuerpo atormentado de Rolando. Bastó, creo, para protegerle de la furia de la madre. O su propio poder. No fue la voluntad de la madre, eso lo se: ella actuaba indiferente a los detalles.

Miembros cercenados de los dragones, machacados, todos revueltos con tierra y sangre caían, atraídos de nuevo por la gravedad. A mi casi me enterraron. Solamente sobresalía de todo ello parte de mi cabeza cuando me encontró Edouard, al final de todo.

-He cumplido con el destino que me había sido reservado, mujer-tierra. Pues para eso estaba aquí. Para eso te he seguido a tí, que te arrastrabas como el menor de los gusanos, arrastrándome a tus pies, sin que lo notaras. Ella cuida de sus órganos de percepción y cuida así de ti.

Sonrió. Me desenterró y me sacó de ahí.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Batalla en los cielos y en la tierra.

Como podréis ver, hemos sobrevivido. De lo contrario no estaría escribiendo esto.

"Hemos", quizá sea una palabra muy optimista, yo he sobrevivido, y por eso escribo. No adelantaré más acontecimientos.

La batalla estaba perdida. Estaba perdida antes de comenzar. Aquella estructura gigantesca, casi hermosa, vomitaba muertos. Era una masa compacta de cuerpos que se movía al unísono, en formación. No podían hacer más, pero era suficiente. Estaba perdida también cuando vimos al ejército de Blanca, Blanca que vino subida en su dragón a ver cuales eran nuestras posiciones, para así organizar su propio ataque.

En la lejanía se podía ver el vómito de la montaña del enemigo. Nosotros habíamos permanecido en un alto, ya que ellos abandonaron la fortaleza para atacarnos. Teníamos una pequeña sorpresa... pequeña, como luego se vió.

Rodrigo, por una vez, permaneció guardando la línea de batalla, sin salirse. Las atrocidades cometidas le habían enfriado, en cierto modo. Todos sabíamos que era una frialdad calculada: la suficiente como para elevar en proporción geométrica el nivel de destrucción que necesitaba conseguir. No obstante, la espada sin Brau se iba haciendo con el alma de su portador, de manera inevitable.

Blanca nos saludó con la mano y volvió a su frente. Sus nagashi formaban con perfecta disciplina.

Comenzó la batalla y comenzamos a perder. Sabíamos que esta enormidad no era el ejército de verdad. Eran muertos estúpidos, muertos destinados a rodearnos, a encenagarnos, a debilitarnos durante días de lucha. Destinados a propagar infección y enfermedad. El trabajo fue muy duro. Nos daba igual pararlos. Ya la peste nos comenzaba a asfixiar. Las moscas que los acompañaban nos aturdían, eran agresivas, se nos metían en los ojos.

Los de la mano vacía se reservaron. Su fuerza siempre ha sido golpear el punto débil, el menos esfuerzo y el mayor resultado. Los muertos no eran el objetivo más indicado para ellos.

Era cuestión de arma blanca.

La nube de moscas, inmensa, nos impedía ver cómo le iba a Blanca. Pasó un día. Durante un tiempo pudimos ver mejor, porque un compañero de los hijos consiguió poner en marcha el lanzallamas, un artefacto de guerra, con el que había estado experimentando. Esto expulsó las moscas y vimos que Blanca estaba perdiendo terreno. Al lanzallamas se le gastó enseguida el combustible, no pudimos ver más.

Anochecía. La gente se iba cansando. Pero los muertos nunca se cansan. Hacíamos uso de sus miembros cercenados para levantar barricadas, verdaderas montañas de carne corrompida. Las moscas si que pararon con la oscuridad.

Pero Rodrigo no parecía desanimado. No se dejaba convencer por los timoratos que le pedían que abriera una vía de escape. Todo el día habíamos estado avanzando o permaneciendo en alguna posición.

-Con la noche llegará nuestra esperanza, ya lo veréis. -Decía.

Bien, para ver estaba demasiado oscuro, pero sentimos el suspiro, el lamento de los difuntos. Comunicado con el mundo de los espíritus como estaba, Rodrigo lo sabía de sobra. Pero a mi y al grupo que me acompañaba nos lo dijo Edouard, el chamán. Respiró el aire y sus tatuajes parecieron comenzar a moverse por si mismos.

-Ah, la mujer airada llama a los espíritus de los difuntos.

Eramos el grupo de vanguardia. Yo me enteré de todo, porque me paso las batallas, desde aquel día en que maté a mi amante, Peret y a muchos otros, mano sobre mano. Soy el arma de último recurso, porque de entrar en acción peligraría también nuestra gente. Estaba tranquila, relativamente. Y los cadáveres recuperaron... su esencia. Los espíritus dueños de esos cuerpos volvieron debido al efecto creado por Rosario. Revivieron de verdad y tal fue el horror reflejado en sus caras, que todos paramos, y nos estremecimos.

Todo el ejército del Rey, del Dragón, ese cuya vida era una burla de la vida. Todos los zombies comenzaron a suicidarse, a desmembrarse, a devorarse. Nos apartamos de ahí, acongojados y con miedo, pues no eran inofensivos en modo alguno. Llenos de cólera se destrozaban. Los mejor conservados se hicieron con combustible y armas blancas, y antes de suicidarse, acababan con todos los compañeros que les rodeaban.

Así acabó el ejército de Zombies del Rey. Así pudimos, por fin, enfrentarnos a sus verdaderas huestes. Por encima de una muralla de carroña, asistidos por algunos de los zombies más valientes (y dado el número inicial, eran una buena cantidad)

Sus jefes provisionales nos dijeron por señas que perpetrarían su suicidio haciendo de carne de cañón para nosotros.

Pero ¿Y los cielos? Los cielos eran de Blanca Cueto.

jueves, 27 de octubre de 2011

Después de matar.


Me siento un poco mejor, después de matar.

Por fin, gracias al león, nos hemos podido quitar el óxido de las articulaciones y, lo que es mejor, de la mente.

Ahora los restos de Brau ya no me hieren y atosigan. Su espectro se ha deslabazado, ha dejado de atormentarme con su cháchara dolorosa.

Dejé mi narración tras reencontrarnos con los hijos del caos. Veo que Andy ha contado gran parte de lo que pasó después. Sólo diré que el chamán de los hijos, uno de sus más poderosos despertados, logró estabilizar a Espiga de Arroz, haciendo útil el sacrificio de Brau.

¿Dónde ha ido? No lo se. Solo sé que llevo días luchando con lo que ha dejado atrás: un fantasma sin seso que repetía sus últimos pensamientos de la manera más dolorosa posible para mi. No se si sigue habitando la espada, no se si ha muerto, no se dónde está.

El chamán del que hablo se llama Edouard. Francés, como su nombre indica. Sospecho que, sobre todo en los últimos días, se mantenía en contacto con Brau, y planeó la ¿doma? de la espada. Aunque el sacrificio de Hidalgo fué, finalmente, imposible de evitar.

Cómo le ha dado por los pitufos a Edouard, y porqué se viste de blanco y se tatúa de azul, no lo se. Pero esa obsesión particular de los hijos viene de él. De algunos. Muchos se cansaron de chorradas y se han venido con nosotros. Joao y los demás nos apoyan, pero no se van a dejar ver.

Edouard estaba fascinado conmigo. Recuerdo la batalla en la que, por fin, eclosioné. No diré más, no me gusta comentar ciertas cosas, ciertas palabras, ciertos momentos.

Ahora estamos frente a un montón de rocas. Hay mucho trabajo por delante.

jueves, 20 de octubre de 2011

Rosario




Hoy sentimos aquel golpe inexplicable. Sentimos con él que la marea del mundo cambiaba, y que todos los acontecimientos se iban a precipitar.

Buscábamos de nuevo a los Hijos del Caos. Comenzábamos a padecer el frío, la lluvia. Los de la mano pueden soportarlo, gracias a sus técnicas de respiración, que les permite controlar la temperatura del cuerpo. Pero consumen más energías de lo habitual, y no es raro que tengan que comer seis veces a lo largo del día. Por eso nos paramos en un pueblo y nos pusimos a buscar algo de abrigo.

Ellos habían pasado por aquí, no había carteles sanos, ni señales en todo el pueblo.

En un cementerio, por el olor, encontramos una pila de cadáveres muy viejos ya. Estaban desnudos, y los animales no los habían tocado. Un enigma. Pero cerca, embutida en un mausoleo muy cuco, estaba toda la ropa de aquella gente. Cada tumba tenía una estatua de estilo romántico, vieja y gastada.

Nos estábamos probando prendas cuando llegó el golpe. Algo así como un alarido mental, un estremecimiento muy profundo. Me puse a pensar en Pilar. Y en Rosario... Rosario.

Rodrigo estaba de pie sobre una lápida bastante grande, vigilando los alrededores. Sintió el golpe, como nosotros, pero además añadió:

-Escuchad, me está hablando Brau... Pilar ha muerto. ¿Rosario? Si. Dice que esto ha sido cosa de Rosario.

-Ahora es el momento- dijo una voz. Las estatuas que nos rodeaban, las estatuas ya no estaban. Se habían desvanecido. -No os mováis -continuó la voz.

Era un tipo barbudo que había estado todo el rato a dos metros de mi, envuelto en la ilusión que alguien había conjurado. Un tipo grande, barbudo, canoso, muy fuerte y arrugado. Llevaba algo parecido a un gorro andino, de color blanco, y por la cara tenía tatuados multitud de arabescos azules. Tenía los ojos también azules. De su cuello, resaltando sobre la chaqueta, tenía colgado un circuito pintado de rojo. -Estáis en peligro-. Noté que no quitaba ojo a algo a mi espalda, pero no quería arriesgarme a dar la vuelta.

-Mira, mujer, el peligro no soy yo, sino Rodrigo.

Me fié de él, y miré. Rodrigo luchaba, con la mano en la empuñadura de Espiga de Arroz. Una lucha interior.

-¡Brau!- Grité. -¡¡Brau!!

-Ssssh... sssssoy libreeeee-, susurró Rodrigo, con otra voz. Entonces todo comenzó a pasar muy deprisa.

No puedo seguir escribiendo. Dice Aaarn, el anciano jefe de los Hijos del Caos, con los que volvemos a estar, que el mundo del espíritu ha cambiado. Rosario está haciendo algo en él, desesperada por vengarse de la muerte de Pilar.

Brau, Brau.

Estoy tan cansada. Mañana seguiré escribiendo, u otro día. O nunca. Adiós, hasta entonces.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Otra vez, sangre.

Hoy he recibido la visita de Brau. Hacía ya varios días que no venía a mi.

Vamos hacia el Norte. Seguimos una senda errática, en zig zag. Retrocedemos. Nos paramos en algún lugar. Pero, definitivamente, vamos hacia el Norte, intentando no encontrarnos con ellos, con los hijos.

Los hijos del caos nos rodeaban por todas partes. Sus cantos, que parecía que vibraban en los huesos, los cantos que utilizaban durante las celebraciones del culto hacían un efecto extraño en las tierras por las que íbamos pasando.

Los hemos abandonado, inseguros una vez nos hemos dado cuenta de sus planos, puede que sea útil que describa sus costumbres, pues tememos que terminen siendo nuestros adversarios.

Un día, estando con ellos aún, volvimos sobre nuestros pasos, a una ciudad dormitorio, afueras de París. No se el nombre. Como, cuando la visitamos por primera vez, iba en el centro de la marcha, todos los indicadores (tiendas, letreros) ya habían caído en manos de los hijos en vanguardia, o estaban tachados, o quemados y no pude saber el nombre.

Cuando volvimos a ver la ciudad, las hierbas habían crecido en las grietas del asfalto. Todo parecía más viejo, más gastado. Había más cristales rotos y pudimos cazar ciervos para comer. La naturaleza había apresurado su paso.

Yo estaba esperando la visita de Brau, que no llegaba. Necesitaba verle, estar junto a él. Me empezaba a parecer que había muerto de veras. Me volví algo peligrosa. Los hijos del caos lo percibieron instintivamente y se alejaron. Pude controlarme en lo que respecta a mis demás compañeros.

Pues bien, hoy recibí la visita de Brau, por fin, cuando descansábamos. Estaba muy delgado.

"Sangre, necesita sangre, jaaaajajajaja" se reía como él hace, con un gesto amargo en la boca.

"Escucha, Adela" su gesto se deshizo en una mueca, como el del que intenta llorar y no puede.

"Quiere sangre, y no puedo, no puedo obligarla a que de su oráculo, creo que no es porque no quiera, es que sin sangre no puede hacerlo."

"Pues dale la mía" le dije.

"No. Si le diera sangre se volvería demasiado poderosa para mi, nos destruiría a todos. Los primeros días, cuando todavía estaba fuerte, podríamos haberlo hecho. Pero estoy débil, no podría controlarla. Durante esos días me pudo la soberbia, y ahora es tarde"

Tenía un gesto de sencilla desesperación. Me abrazó, se acurrucó entre mis pechos y estuvo sollozando un rato. Levanté la mirada y vi... vi que Rodrigo se movía en sueños, que tanteaba con la mano. Abría los ojos, fosforescentes. Brau percibió mi tensión y le miró. En un instante se volvió translúcido y se arrojó hacia la espada, antes de que Rodrigo la alcanzara. Lo último que alcancé a ver de Brau, fue una mirada de desesperación al sumergirse en ella.

Luego Rodrigo se durmió.

Yo me quedé despierta. Y así sigo, torturándome con mil preguntas.

¿Es cierto lo que cuenta Blanca, que el líder del ejército del dragón es el Rey y que está esclavizando humanos? ¿Por qué Rebeca no se comunica desde que Rolando ha vuelto del infierno? ¿Qué debemos hacer a continuación?

sábado, 24 de septiembre de 2011

Los Hijos del Caos.

Bajando por la vertiente Norte de los Pirineos, hemos comenzado a conocer verdaderamente a los Hijos del Caos.

Hemos tenido un viaje muy intranquilo hasta llegar aquí. Al principio la espada era inestable, Rodrigo dormía mal, y se encontraba agotado durante toda la jornada.

Nuestro primer encuentro con los Hijos del Caos, antes de las montañas, acabó en pelea. Eran una tropa de hombres, mujeres y niños, vestidos estrafalariamente, pero bien organizados y mejor armados. Teniendo en cuenta cómo se llaman, era extraño tanto orden, tanta disciplina.

Estábamos en una hondonada, en una carretera secundaria que atravesaba un robledal precioso. Los colores del otoño se comenzaban a formar en las manchas de hayedo que veíamos de cuando en cuando.

Aparecieron como de la nada. Nos rodearon, apuntándonos con sus armas. Nos pillaron completamente desprevenidos.

Pero Rodrigo sacó a Espiga de Arroz y todos se volvieron a ella, como hipnotizados, por un instante. Un instante es lo que necesita la mano vacía para actuar. Poco pudieron hacer tras perder la iniciativa.

Rodrigo se quedó rígido durante la lucha, con la espada desenvainada, como en actitud de ataque. Dice que hay momentos en que la lucha entre Brau y la sombra se recrudece. Parece que este fue uno de esos momentos. Nos ha contado que Brau trata de evitar que pruebe la sangre: el oráculo exige sangre, pero Brau exige antes vaticinios. La negociación, por el momento, está en un punto muerto.

Ahora nos encontramos en cónclave con los Hijos del Caos, en un pueblecito francés, de montaña. Es una agrupación grande. Nos llevó a ella una comitiva, que se acercó a nosotros en son de paz. Hidalgo nos aconsejó confiar en ellos. Escribo esto en la iglesia, que han vaciado de todos los símbolos cristianos, han hecho un altar con huesos y pieles. Encima, alrededor, debajo, por todas partes, han puesto imágenes de pitufos. Desde las figuritas típicas de Kinder Sorpresa hasta tebeos, posters, cds de música y dibujos burdos, hechos con sangre, barro y excrementos. Todo muy artístico. Sugerente. Encima del altar, junto con una daga ritual y un cáliz al que han quitado la cruz, hay una carta grande, una sota de espadas. Pero una de las cabezas de la sota tiene un papel que le tapa la cara, sobre el que hay pintado un retrato bastante bueno de Brau. La otra cabeza de la sota está completamente cubierta con rotulador negro.

Brau que todavía me visita muchas noches y que parece más consumido a cada visita.

Ahora vamos a reunirnos con la plana mayor de los Hijos. Hemos estado reposando todo el día. Todo el rato han estado llegando al pueblo más y más de ellos.

Ya os seguiré contando.
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