sábado, 4 de junio de 2011

Ocellet

Pues si, el pajarito. Hoy andaba todo el mundo discutiendo si talar unos cuantos árboles o no. Yo ni me enteraba. Había bajado a donde está el campamento, pero entre el catalán, el frances y el castellano chapurreado me estaba haciendo un lío.

El argumento en contra (se ha mostrado cierto) era el de que los árboles, en realidad, nos protegían de los Ocellets (pajarito en catalán) que es como llaman por aquí a los Nagishi. A los diablos voladores. Bien lo saben ellos. La madera hacía falta para no se qué. A todo esto, nos habíamos olvidado de mirar el chivato, el farol que denuncia la proximidad de los diablos. Todos menos Hidalgo, claro, que suele estar en casa, entregado más que yo (tiene más aguante) a nuestro escaneo de los alrededores. Digo alrededores, pero lo contamos por cientos de kilómetros. He de decir que, excepto a Pilar, ya os hemos captado todos. Aparecéis alto y claro. Pertrechados del google maps, de un péndulo y de muchos analgésicos (causa dolor una exploración del Nuiz a tan gran escala) sobrevolamos como buenos Ocellets toda la península y parte de Francia.

Andábamos en nuestras disquisiciones sobre si cortar uno o dos árboles para dejar sitio a otra casa prefabricada cuando escuchamos la voz de Hidalgo. Venía arrastrándose por la ladera abajo. Luego me ha contado que bajó con la silla a lo loco, que frenó contra un zarzal, y que siguió como pudo, porque el farol se había vuelto loco y nadie escuchaba el "pinche móvil". Entonces fue cuando vinieron los pajaritos.

Todo el mundo se dio cuenta de lo que decía Hidalgo. Sentí una manipulación en el Nuiz. Me di cuenta de lo que intentaba hacer y le seguí la onda (nunca mejor dicho esto de seguir la onda, muchas expresiones tienen que ver con percepciones subconscientes del Nuiz). Inmediatamente el caos que se estaba comenzando a formar se trocó en organización cuasi militar. Los niños se escondieron bajo los coches, en las casas, en una pila de palés que había cerca, entre los arbustos... y en fin, aquí estamos, lo hemos contado.

Ahora las mujeres están probando a cortar y congelar unas cuantas arrobas de carne de Ocellet.

Yo tengo un dolor de cabeza que ni podéis imaginar. Pero estoy satisfecho.

Adela se portó estupendamente, tiene los ovarios de plomo. No necesitamos "tocarla" en ningún momento. Cuando casi se la llevan sentí que se me paraba el corazón. Todo se detuvo por un momento, al dejar de apoyar a Hidalgo por puro terror. Pude controlarme, no se cómo. Creo que fue él, Hidalgo, quien me ayudó. Por un momento todo el mundo luchó totalmente solo. En compañía pero solos. Y salvaron a Adela. Se me hace un nudo en la garganta de pensarlo. Pero estamos aquí. Vivos. Esta noche cenamos Ocellet.

2 comentarios:

  1. Hola, Brau: que si no me captáis a lo mejor es porque estamos mucho tiempo metidas en la bodega bajo tierra. Y ya he contado cómo vimos aquí también esos pájaros.
    Y dale recuerdos a Hidalgo.

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  2. No, Pilar, no te capto. Si lo pudiera hacer no te podrías esconder ni bajo tierra.

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