domingo, 18 de septiembre de 2011

El señuelo.



Nos acercamos a Manzanares el Real desde el Norte. Por qué tuvimos que dar semejante rodeo, solo Brau lo sabe, pero nos aconsejó hacerlo así.

A partir de Balsaín, nos rodearon espesos bosques de pinos. La carretera serpenteaba. El tramo a partir del cual la cuesta comienza a ser penosa, cerca del puerto de Navacerrada, se llama "las siete revueltas" y, quién sabe, quizá ese fuera el motivo del rodeo. Ahora Brau es más extraño y caprichoso que nunca.

Pasamos el puerto, donde hacía ya bastante frío. Procuramos hacer noche ya en la cara Sur de la sierra. En el pueblo de Navacerrada despachamos a una turba de supervivientes que nos pretendían robar... a nosotros. Espiga de arroz, los mano vacía y yo dimos cuenta de ellos.

Nuestros caballos ya casi formaban parte de nosotros. Las agujetas propias del jinete novato se nos iban pasando. Los animales parecían habernos adoptado, a pesar de que era patente que el carácter de algunos de ellos no era amigable, nos dábamos cuenta de que habíamos alcanzado, cada uno con el suyo, un estado parecido a la simbiosis.

A partir de ahí, todos los demás núcleos de población -incluyendo el pueblo de Manzanares- estaban muertos y vacíos. Pasto de los cuervos, de los lobos y perros asilvestrados, y de los buitres.

Brau cuchicheaba con Andy y con Rodrigo. El violinista ensayaba una curiosa melodía.

Rodrigo. Me di cuenta de que Rodrigo miraba a Brau con un nuevo respeto. No intenté sonsacarle nada de lo que planeaba: bien sé que soy una nueva persona. Puede que algún día me moleste en contar en qué consiste el cambio que sufrí durante la batalla.

El Castillo está a los pies del embalse de Santillana. Cerca hay una rotonda, adornada con la estatua de un gato, que encontramos tirada y llena de pintadas, quién sabe porqué razón.

Brau, Andy y Rodrigo nos pidieron que permanecieramos ahí, esperando. El cielo, la hierba, las casas, parecían como teñidas de una extraña negrura, vista más con el ojo interior que con los normales. Todo el pueblo olía a podredumbre de poco más de dos semanas: he aprendido a distinguir estos matices.

Volvieron al amanecer del día siguiente. Andy venía empujando la silla de ruedas de Hidalgo, con Hidalgo en ella, silencioso y pálido. Rodrigo venía llevando el cuerpo muerto de Brau. Y sin embargo, me sentí tranquila. Todavía lo estoy. Entonces mi tranquilidad era asesina.

-Será mejor que me cuentes lo que ha pasado-. Mi voz prometía dolor y sufrimiento.

Rodrigo, actuando despacio, con extrema cautela, como quien trata con un animal peligroso, desenvainó la espada y la clavó en el suelo, delante mío. Inmediatamente la hierba alrededor de la hoja se marchitó.

-Será mejor que te lo cuente él, princesa-, dijo.

Braulio apareció, salido de la hoja. Me contó todo lo que había pasado. Cuál fue su plan y sus consecuencias.

El cuerpo de Brau fué el señuelo, el cuerpo vacío con el cual tentaron a la sombra. Brau le facilitó el camino irrumpiendo en su santuario, en forma astral, abriendo así su guardia a propósito.

Andy tocó la canción para ocultar la espada, y para confundir a la sombra. La espada, de proporciones clásicas, sonaba con un tono preciso, mágico. Su metalurgia, cuidadosa y pura, no solo había creado un arma excepcionalmente flexible y resistente. La espada era, además, semejante en todo a un instrumento musical. Bastó tocar el hechizo al violín en un tono armónico con el de la espada, bastó confundir con él a la sombra para que no se diera cuenta del peligro, pues la espada sonaba por simpatía, y desapareció para ella, se mimetizó. La sombra se abalanzó sobre el cuerpo vacío de Brau, y Rodrigo salió de su escondite, y atravesó el corazón del cuerpo de mi hombre.

 Con su estratagema, Brau atrapó al vampiro en un cuerpo adecuado para él. Atrapó al oráculo, peligroso y sanguinario, la imagen del ansia, en una espada creada para él.

Rodrigo me ha dicho que, al principio, se sintió dominado por la espada. El oráculo, a través de la empuñadura, dominó su mente con un ansia de vida bestial. Andy estuvo a punto de sucumbir, asesinado por culpa de ese ansia, pero Brau había seguido al vampiro dentro de la espada, y compartía su cuerpo, y ahí sigue. Consiguió dominar al oráculo, porque es un yonki. Un especialista en estas cosas. Él ya sabe lo que es el ansia, y sabe cómo combatirla. Ahora, Brau, un tipo completamente inelegante. El típico capaz de vestir camisa de leñador pesando cincuenta kilogramos, y de calzar zapatillas de deporte, a su edad, es el contrapunto del Oráculo, tan siniestro, tan seductor, tan maligno y descontrolado, puro. Brau se descojona de su pureza, y la domina.

Esta noche me ha visitado en sueños. No existen prisiones para su espíritu. Con eso contaba, pues su poder es ese, precisamente. Vi su cordón de plata salir de la empuñadura de la espada y al oráculo rabiando en su interior, revelándose en las filigranas de la guarda.

Me ha dicho que no puede estar fuera demasiado tiempo, porque en cuanto abandona el arma, la mente de Rodrigo comienza a ser roída pacientemente por el poder desdoblado de Hidalgo.

Pero nos ha dado tiempo de hacer el amor.

Por eso, a pesar de todo, me encuentro bastante tranquila. La vida de Brau será la vida de la espada, es su nuevo cuerpo.

Durante todo el día de hoy hemos caminado hacia el Norte, por la Nacional I, a caballo. Vamos a Francia.

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